jueves, 17 de octubre de 2013

Doce cucharadas de azúcar... o más. Beber refrescos: un riesgo para la salud

¿Cuántos envases vacíos de refresco habrá en este vehículo con remolque,
cuántos capitalinos los habrán consumido?

¿A qué se deberá que los mexicanos somos los mayores consumidores de refresco en el mundo? ¿Será que somos tan golosos que nos resulta imposible pasar un día sin recibir las altas dosis de refresco, con gas o sin él, pero eso sí, con altas cantidades de azúcar o mínimas de edulcorantes diversos, así como de colorantes artificiales, sabores a frutas (en ocasiones con algo que dicen que es pulpa de fruta), a rizomas (jengibre), a hojas (¿de coca?) o a inventos de laboratorio que sabían a jarabe para la tos (¿de qué sabor era la Mundet roja?).


Imagino que varios lectores de esta Sobremesa inmediatamente dirán "yo no me cuento entre esos millones de mexicanos, a mí ni me gusta el refresco y no lo consumo". Pero casi puedo apostar que todos han probado alguna vez en su vida por lo menos uno, ya sea por sed, placer o hasta por motivos de salud y seguridad. Sí, por salud, porque nuestras madres y abuelas lo usaban para evitar la deshidratación o combatir problemas digestivos. Lo más común en muchas familias mexicanas ha sido tomar Sidral Mundet -refresco que dice en su etiqueta ser de manzana, estar pasteurizado y ser saludable-, tres características que la población ha creído desde que salió al mercado a principios del siglo pasado (ahora propiedad de Femsa, fabricante de Coca-Cola); y, hablando del diablo, también se acostumbra la Coca Cola -que llegó al país en 1926-, pero ojo, la "buena" es la regular, con azúcar, no la endulzada con edulcorantes sintéticos, de preferencia mezclada con agua mineral, para que aporte sales y se obtengan los beneficios del suero oral. Asimismo, un remedio para combatir las náuseas durante el embarazo es tomar Ginger Ale (bebida de jengibre). Menciono que por motivos de seguridad hay quien bebe refresco porque quién en su sano juicio, que esté muriendo de sed fuera de casa, bebería un trago de agua de la primera llave que encontrara -en caso de que la hubiera-, sin duda preferiría y disfrutaría un refresco embotellado o enlatado bien frío, de preferencia mexicano, digamos un Boing. Y a propósito del entrañable Boing, recordarán los amigos de esta Sobremesa la larga huelga de la embotelladora Pascual y cómo simpatizábamos con los trabajadores de la cooperativa, porque en ese entonces no los veíamos como fabricantes de algo tan dañino.


Muchos coincidimos en que hay múltiples razones que explican por qué consumimos tantos millones de litros de refresco diariamente. La principal es que no existe una red de suministro de agua potable para garantizar su consumo en todos y cada uno de los hogares mexicanos, en cambio los camiones repartidores de refresco llegan hasta el rincón más alejado y solitario del país, gracias a las carreteras construidas con los recursos del estado, muchas de las cuales, por cierto, han sido concesionadas a particulares. ¿Quién es responsable de esto? Así es, amigo de esta Sobremesa, los gobiernos que han sido negligentes e indiferentes para cumplir con una de sus múltiples obligaciones que es llevar agua a la población, tanto a hogares como a las escuelas y centros de trabajo y recreación pero han actuado para favorecer los intereses de las grandes refresqueras (y de otras industrias como las cerveceras, cigarreras y productoras de alimentos industrializados de alto valor energético (ricos en azúcares y grasas).

Por otro lado, la publicidad ha jugado un papel importantísimo en la incorporación del refresco como parte de la dieta del mexicano. Con el arribo de la televisión y el impulso de la industrialización a partir de los años cincuenta del siglo pasado, en términos simplones podríamos jugar con la idea de ¿quién se podía resistir a "compartir el momento feliz... con la 'chispa de la vida'"; a las coloreadas y gorditas Chaparritas El Naranjo "que no tienen comparación", al "quitased Squirt", a la elegancia de la Sangría Señorial, a los sabores de frutas de Pascual, Lulú, Titán, Barrilitos, Jarritos y otros que se me escapan? Recuerdo que cuando era niña, en casa no se bebían refrescos salvo en fiestas, a la hora de la comida diaria bebíamos agua simple. Llevar un refresco a casa era un asunto aspiracional para muchos niños y adultos. Un refresco familiar de un litro y alcanzaba para cinco personas, actualmente los familiares son de tres litros.

Coca-Cola y Sidral Mundet en botella de vidrio (objetos de colección y propiedad de mi prima Susi, autora de la foto)

En estos días en que se discute el impuesto a los refrescos se llama la atención a los bebedores consuetudinarios de refresco sobre los daños que provoca el alto consumo de azúcar: "doce cucharadas de azúcar en una botella de 600 ml" y se añoran los tiempos en que la tradicional dieta mexicana incluía como bebida las aguas frescas. Pero no nos llamemos a engaño, las aguas frescas de limón y otras frutas de temporada, así como las de jamaica y horchata, también son endulzadas con azúcar, alrededor de una o dos cucharadas por vaso. De manera que si de verdad se quiere advertir a la población sobre los riesgos a la salud por consumir tanta azúcar, sobre todo la contenida en los refrescos, también debería hacerse hincapié en endulzar más discretamente las aguas frescas o de plano persuadir a la gente a que beba agua natural. Aunque el agua natural ya no es gratis, las refresqueras, en su división de aguas embotelladas naturales y con sabor, también están haciendo de las suyas en contra de la economía de las familias mexicanas. Que México ocupe el primero o segundo lugar en obesidad en el mundo tiene mucho que ver con el consumo de refresco pero no nada más. La obesidad, como otras enfermedades, es multifactorial y además detonadora de otros padecimientos. Por otro lado, según un artículo publicado ayer en La Jornada, se señala 

...los mexicanos tienden genéticamente a una mayor acumulación de grasa en el cuerpo a diferencia de habitantes de otras culturas, lo cual nos hace susceptibles de presentar esos padecimientos.

Lo anterior es herencia genética de los primeros pobladores de este continente, hace 18 mil años, pues ante las condiciones de entonces (eran nómadas y pasaban por prolongados periodos antes de volver a probar alimentos) el organismo desarrolló un lento empleo de la glucosa y un almacenamiento de grasa como dos componentes para sobrevivir. Sin embargo, hace 6 mil años el ser humano se volvió sedentario, y esas características genéticas ahora nos están perjudicando.


Debido a que nuestra herencia genética no nos permitiría alardear como la modelo de este anuncio, a la hora de comparar las calorías que aportan alimentos como las frutas (como se menciona en este antiguo comercial de Coca-Cola, en el que se señala que esa coquita aporta la misma cantidad que media toronja), no hay que olvidar que no se trata sólo de calorías sino de nutrientes como las vitaminas y la fibra, ausentes en el refresco.

En algunos medios se lee y escucha un terrible desprecio hacia los obesos. Se les juzga como culpables sin considerar que en algunos casos son víctimas del abandono de gobiernos corruptos que no invierten un peso en infraestructura básica que beneficie al pueblo, aunque también la ignorancia juega un papel importante. Sin embargo, no dejan de ser víctimas de la voracidad de industrias que producen alimentos que llenan, proveen energía y engañan el hambre. Hay que recordar que las leyendas preventivas, impresas en las etiquetas de bebidas "light", "diet" o sin calorías, para que los niños no las consumieran no estaban ahí para advertir por un daño potencial sino porque se sabe desde hace décadas que la fuente más importante de energía para buena parte de la población infantil y adulta más desprotegida proviene de los refrescos embotellados y al gobierno no le convenía que los consumidores de refresco dejaran de consumir dichas calorías, ante el riesgo de aumentar, todavía más, el índice de desnutrición.

Hay quienes pretenden que se prohíba la venta de refrescos. Imagino que lo único que sucedería con una medida autoritaria de esta naturaleza sería el despegue de un negocio clandestino que obtendría todavía mayores ganancias y ninguna obligación con sus trabajadores, distribuidores y consumidores.

Se recibe con entusiasmo el impuesto con que se gravará a los refrescos. "Que paguen más, quienes deseen seguir engordando, que les salga más caro", claman algunos. Para justificar el impuesto se argumenta que lo recaudado debería destinarse a la investigación y tratamiento de problemas de salud como la diabetes, vinculada con la obesidad. Por supuesto que las refresqueras deberían pagar más impuestos y no sólo eso sino pagar el precio del agua que usan en sus fábricas e invertir en sistemas de tratamiento de agua. Pero temo que con este impuesto ocurra lo mismo que con el que pagan los fumadores, es decir, terminarían pagando productos más caros y el sistema de salud no tendría los recursos suficientes para los tratamientos que tarde o temprano demandarían.


La población debería contar con el agua para satisfacer sus necesidades para cocinar, beber y el aseo diario. Es probable que si toda la gente contara con agua de calidad en su casa, escuelas y trabajos, además de información sobre los riesgos a la salud por beber refrescos y otras bebidas endulzadas, las refresqueras se verían en aprietos al disminuir sus ventas.

Quienes tenemos agua en casa, quienes podemos decidir qué beber, podemos poner en jaque los intereses de una industria refresquera ajena al bienestar de la población: no compremos refrescos, no le hagamos el caldo gordo a una industria hipócrita y dañina.

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