jueves, 30 de diciembre de 2010

Las cuatro piernas del pollo


Si algo hacía feliz a mamá era ver la cara de sus hijos cuando descubrían que habría pollo para comer. No importaba cómo lo preparaba, siempre era muy apreciado. Y aunque la sopa de pasta o el arroz y los frijoles eran cosa de todos los días, cuando había pollo como guisado, hasta las tortillas con que lo acompañaban adquirían sabor a fiesta.

Nadie llevaba la cuenta sobre con qué frecuencia había en pollo en casa, la verdad, ese detalle carecía de importancia. Siempre hubo comida sobre la mesa y eso era motivo más que suficiente para sentirse muy agradecidos.

Guisos sencillos, preparados con verduras, en forma de tortitas capeadas y rellenas de queso fresco o añejo, bañadas en caldillos de jitomate o salsa verde, eran los más recurrentes. Había ocasiones en que alguno se mostraba un tanto remilgoso, sobre todo cuando el olor en la casa anunciaba que había llegado el turno de tortas de coliflor. La carne de res, que llevaba papá a casa era más o menos frecuente y se comía en forma de albóndigas en caldillo de chipotle, picadillo, salpicón o ropa vieja.

Qué no hubiera hecho mamá para cambiar el sabor de la monotonía, pero entre el trabajo de cuidar y atender ocho hijos, lo más preciado era lo práctico y rendidor.

En aquellos tiempos la crisis no era asunto de niños. Los niños no se enteraban de las dificultades económicas que enfrentaban los padres y por tanto no hablaban de cosas tan comunes hoy en día. Ignorábamos si los ajustes que en ocasiones hacía al menú se debían a que mamá había tenido que desviar parte del gasto para comprar una medicina, para enviar los hambrientos zapatos de alguno de nosotros a reparar o cosas por el estilo.

Pero cuando se trataba de pollo era como si se adelantara la Navidad, como si fuera el cumpleaños de alguno de los hermanos mayores o por lo menos un domingo con invitados. Mamá era una especie de maga, como probablemente la mayoría de las mamás lo son. Ella era capaz de complacer a todos cuando de distribuir las piezas de pollo se trataba.

En aquellos años era costumbre que las amas de casa compraran el pollo entero, de hecho no había venta de piezas sueltas. Podían pedir al pollero que lo partiera si planeaban hacer puchero o, si iban a seguir una receta para prepararlo al horno, lo llevaban entero y siempre con menudencias.

Por alguna razón los dos mayores y los dos pequeños siempre pedían pierna, los demás o nos resignábamos o realmente nos gustaban la pechuga y los muslos. Esa costumbre de no pensar en ella era muy propia de mamá. Decía que le encantaba cualquier pieza. Mientras quienes saboreaban hasta los huesitos, que quedaban sin nada de carne pegada en ellos, nadie notaba si a mamá le había tocado algo así como la rabadilla, las alas, las patas o la molleja y el hígado, tan menospreciadas por los chicos.

Era tan natural la forma en que servía y complacía a todos, que sólo años más tarde, cuando hubo tiempo para reflexionar sobre lo que ocurría en la mesa familiar antes de que papá muriera, caímos en la cuenta de que mamá hacía magia, reproducía el milagro de la multiplicación de los peces y los panes, en su versión piernas de pollo, o simplemente usaba su ingenio para no frustrar a nadie, sirviendo dos piernas que podrían parecer gigantes en las manos de los pequeños y dos "piernitas" (que en realidad eran alitas), del tamaño justo para los pequeños.

Eso sí, cuando éramos chicos todos estábamos convencidos de que en casa mamá conseguía en el mercado pollos de cuatro piernas.
Origen de la foto de alitas a la barbacoa

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