miércoles, 7 de julio de 2010

De pan, nombres y recuerdos


En Santa María la Ribera, colonia en la que nací y crecí (no mucho) había por lo menos tres o cuatro panaderías que cubrían las necesidades, gustos y antojos de quienes ahí vivíamos. En la esquina de Alzate y la calle que da nombre a la colonia estaba "La Flor". Antes de que mi papá muriera ahí comprábamos el pan de todos los días, es decir, los bolillos o teleras, lo que estuviera recién salido y calientito, para untarlo con mantequilla y acompañar el café con leche a la hora de la merienda. Los domingos, si mi mamá no había horneado una rosca de naranja o anís, panquecitos o bisquets, comprábamos pan dulce: conchas, condes, moños, cuernos, mantecadas con chochitos de colores. A mamá le gustaban los panes de manteca y a los ocho hijos se nos antojaba más el que había elegido alguno de los hermanos.

Sobre la misma calle, enfrente de la iglesia, sigue estando "La Victoria", una sobreviviente por no estar ubicada en una calle que se convirtió en Eje Vial, así como de la invasión de los supermercados y de los panes industrializados. Las teleras ahí eran sublimes. La torta para el recreo con una de ellas era una delicia. Cabe aclarar que en México una torta es uno de los alimentos tradicionales de la comida rápida, que consiste en rellenar con una gran variedad de alimentos un pan salado. La más sencilla sería de frijoles refritos con queso fresco hasta las más audaces combinaciones de carnes frías, guisados, verduras y diferentes condimentos, entre los que no puede faltar el chile. Ya dedicaré una entrada a las tortas.


Regreso a los recuerdos y surge una charola pletórica de pan dulce como símbolo de abundancia. Cuando mi padre llegaba del negocio (una carnicería) con dos bolsas de pan significaba que las ventas habían sido muy buenas o, como nos enteramos años después, que había ganado en el hipódromo. Al parecer, de vez en cuando se daba el lujo de ir y apostar unos pesos, porque esas bolsas de pan no las llevaba cada ocho días. Nunca nos dimos cuenta de qué pasaba cuando perdía, quizá porque siempre regresaba alegre a casa, silbando, al más puro estilo Pedro Infante, aunque muy cansado. En este momento sólo se me ocurre cerrar esta reflexión personal diciendo que mis padres eran más buenos que el pan.


Han pasado muchos años desde entonces. La colonia ha cambiado. Muchos negocios han sustituido a los que frecuentaba en mi infancia y, no nada más los de los alrededores. Aunque por fortuna han comenzado a prosperar panaderías con productos artesanales de gran calidad, claro, en colonias de alto poder adquisitivo. En las tradicionales y populares,  además de comprar el pan en los supermercados, en  pequeños expendios, en el interior de los mercados y en los cafés de chinos, desde hace unos años el pan llega a la puerta de las casas, en enormes canastos  transportados en triciclos. El "panadero" (regularmente sólo distribuye el pan, no lo fabrica), que ya conoce los gustos de sus clientes, se anuncia haciendo sonar una corneta, sonido que por cierto se suma a los pregones, como el del vendedor de tamales, que persisten en la ciudad.
La mexicana, como la de muchos países, ha bautizado con más de mil nombres las creaciones de sus panaderos, poniendo en apuros a clientela y vendedor cuando aquella debe pedir en el expendio o al panadero ambulante un beso, una trompada, una novia.

Las variedades de trigo, maíz, centeno y otros cereales, dulces y saladas; horneadas o fritas; esponjosas o crocantes; rellenas o cubiertas o rellenas y cubiertas; envinadas o enmieladas; perfumadas con canela, vainilla, agua de rosas o algún licor; monocromáticas o multicolores; tan sencillas como media esfera o de complicadas formas animales, vegetales, geométricas o siderales reflejan mucho más que creatividad de un gremio, reflejan la diversidad del mundo y su riqueza cultural.

Cuando tengo oportunidad de viajar me gusta, además de conocer los mercados, visitar las panaderías, pastelerías o como se denominen en cada lugar esos lugares maravillosos en donde se hornea el pan nuestro de cada día.

Fotografías tomadas del libro: El santo olor de la panadería, de Cristina Barros y Mónica del Villar, México, Procuraduría Federal del Consumidor y Fernández Cueto Editores, 1992

   Cuando llegó nuestro turno, saltamos del banco y Joana pidió medio kilo de pan francés, que en ese instante estaban volcando en el exhibidor. La empleada nos preguntó si queríamos algo más.
   -Ya que estoy aquí, aprovecharé para llevar unas facturas -dije distraídamente y elegí las que más me gustaban, pero poniendo cara de que me daba lo mismo una que otra.
   Pagamos por separado, colocamos las dos bolsas en el canasto, debajo del manubrio y partimos de regreso. Dejaría a mi conejito en su casa, le obsequiaría una medialuna y me iría.

Fragmento de Nada detiene a las golondrinas, de Carlos Marianidis. La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2002.


2 comentarios:

Basque-Land dijo...

You bring back memories of some of my growing up in California, when Auntie would have a huge pot of beans on the stove and a large stack of tortillas next to that and of course chile.

María Eugenia dijo...

Gracias por tu comentario a este texto lleno de recuerdos, me da gusto que también haya removido los tuyos.
Va un abrazo y una felicitación por tu blog.