domingo, 9 de mayo de 2010

Especial por el Día de las Madres

 Por María Eugenia Mendoza

Los cinco hijos le hablaron por teléfono desde temprano para felicitarla. La primera llamada la sobresaltó pues fue alrededor de las tres de la mañana. Era el de enmedio, quien eufórico repetía que después de la serenata a su mujer se arrancaría con los marichis para llevárselos a su mamacita. Ella lo convenció de que no era muy buena idea, porque los vecinos podrían molestarse. Se mantuvo callada mientras los mariachis interpretaban "Las mañanitas" y su hijo le gritaba que la adoraba. Agradeció el gesto y  tras escuchar a su hijo repetir cinco o seis veces que "su madrecita era lo más sagrado" colgó el teléfono y trató de conciliar el sueño.

Después de varias vueltas en la cama, cuando estaba inmersa en uno de esos sueños agradables pero que al abrir los ojos escapan sin dejar huella, contestó la llamada del más joven. Resignada se levantó, ya casi eran las siete.

Por ser Día de las Madres ese lunes lo tenía libre, y aunque su intención era permanecer en cama hasta tarde no le quedó más remedio que comenzar con el trajín de la casa. Las llamadas restantes se sucedieron con intervalos de diez minutos, la última fue de su hija recién divorciada.

El plan estaba hecho, su hijo mayor, el único soltero y que vivía con ella, sería el encargado de llevarla al restaurante elegido. Aceptó porque no sabía cómo llegar y aunque no le disgustaba la idea de llevar su carro pensó que odiaría perderse durante una tarde caótica, como son todas las del 10 de mayo, en que parece que todo el mundo sale a comer a restaurantes con sus mamás y esposas.

Por pura curiosidad entró a internet para saber qué le esperaba y por poco le da el soponcio cuando vio el precio del menú especial del Día de las Madres que incluía sólo dos versiones para escoger de ensalada, sopa, plato fuerte, así como de postres entre las que estaban el "pastel imposible" o un sorbete de limón. "¿Por qué habrían elegido ese lugar?", pensó y se frustró ante la imposibilidad de disfrutar un postre verdaderamente especial. El menú incluía una copa de vino, café o té y un regalo sorpresa para mamá. En la fotografía del restaurante se apreciaban pantallas gigantes de televisión en cada esquina (deseó que ese día estuviesen apagadas), las mesas parecían sofocantemente cercanas entre sí.

Sólo de pensar en las experiencias de años anteriores en que no faltaban las riñas entre hermanos y a veces entre nueras y el ahora ex yerno; en los platillos uniformemente insípidos, la música en vivo y una cuenta elevada por las bebidas extras le dieron ganas de renunciar a su festejo, pero si rechazaba esa invitación seguramente no la volverían a invitar el año entrante y, como quiera, era lindo ver a sus hijos reunidos aunque fuera una vez al año.

2 comentarios:

Martín Gvevara dijo...

Sin lugar a dudas cion nada se paga la labor de las madres, que comienza este hermoso y fificultoso ritmo desde que nos lleva en su vientre.

Dadora de amor permanente.

Felicidades a todas las madres.

María Eugenia dijo...

Gracias por tu visita y comentario. Tomo la parte que me corresponde de la felicitación.
Va un abrazo.